Cuando la búsqueda de aprobación externa te apaga

La herida de la infancia y el miedo a mostrar mi música
Hay situaciones en la vida que se repiten. ¿Puede ser tanta casualidad junta? Solo quienes viven con cierta conciencia y presencia logran notarlo. En mi caso, empecé a preguntarme: ¿cómo puede ser que con cada jefe que aparece en mi vida se repita el mismo vínculo?
Durante mucho tiempo no lograba entender qué me estaba mostrando la vida a través de esas experiencias. Hasta que hace poco comencé a identificar el patrón y, con eso, a cuestionarme: ¿por qué me pasa esto? ¿Qué intenta decirme el inconsciente que no logro ver desde lo consciente?
Mi nuevo jefe, a quien conocí hace apenas un mes, volvió a despertar una ansiedad profunda en mí. Todo estaba bien… ¿por qué aparecía otra vez esa emoción que me desordena por dentro?
Al principio ni siquiera podía identificarla. Meditaba, pero no lograba ponerle nombre. Era como un torbellino interno, un remolino que me desacomodaba. De repente sentía la necesidad de devorar comida, especialmente harinas o comida chatarra. ¿Qué era esto? ¿Por qué mi cuerpo reaccionaba así? ¿Por qué esa sensación me resultaba tan familiar?
El insight —como decimos en Gestalt— llegó, pude reconocer que esa emoción que me atrapa, me nubla y no me permite decidir con claridad es ansiedad. Y no es nueva: me acompaña desde la infancia.
La mirada de mi papá era mi guía. Cuando me sonreía con los ojos, todo estaba en orden. Pero cuando no lo hacía —cuando no me miraba o su mirada era distante— algo dentro de mí se desmoronaba. Mi mente comenzaba a buscar qué había hecho mal. Entraba en un bucle de pensamientos destructivos hacia mí misma.
Así comenzó el patrón: cada vez que no recibía la validación que esperaba, aparecían la ansiedad y el autoboicot.
Hoy, desde mi mirada adulta, puedo entender que mi papá simplemente tenía días difíciles. Pero en mi mente de niña, yo lo interpretaba como algo personal. Creía que era mi culpa.
Y ahí está la raíz.
Hoy sé que es mi responsabilidad sanar a esa niña interior, sostenerla, abrazarla. Hablarle como lo haría con mi propia hija:
“Mi amor, cuando papá llega cansado o de mal humor, tú intentas cambiar su ánimo. Y cuando no lo logras, crees que es tu culpa. Pero no lo es. Eres una niña, y no hay nada malo en ti. Papá está así por sus propias razones. No es tu responsabilidad cargar con su malestar. Prioriza siempre tu bienestar. Vive liviana.”
A partir de este reconocimiento, podría buscar ayuda externa para trabajar este patrón. Pero siento que, en este momento, mi camino es otro: quiero desarrollar mi propia fuerza interna, construir autoestima y autoconocimiento desde adentro.
No es el camino más corto, pero es el que mejor me funciona.
Ya lo he hecho antes. He atravesado desafíos sosteniendo a mi niña interior. Nadie pudo enseñarle en su momento; ahora me toca a mí hacerlo.

Y entonces entendí algo más profundo.
No se trataba solo del miedo a la autoridad en el trabajo.
No eran solo mis jefes. Ni siquiera de mi infancia.
Es un miedo muy profundo, como si estuviera grabado en mí desde siempre: el miedo a no ser aprobada.
El miedo a no ser vista con amor.
El miedo a “hacer algo mal”.
Y desde ese lugar, algo empezó a tener sentido.
Porque cuando temo no ser vista… me contraigo.
Cuando me contraigo… me escondo.
Y cuando me escondo… dejo de mostrar quién soy.
Ahí aparece otro patrón.
El de guardarme y volverme invisible.
El de no expresarme.
El de no compartir mi voz.
El de no mostrar mi música.
Tenemos todo lo necesario para crecer.
Creo que es posible transformar la información que habita en nosotros, cambiar los patrones que cargamos —incluso aquellos que sentimos grabados en nuestras células— y empezar a tomar nuestro poder.
Pero muchas veces evitamos hacerlo. Buscamos respuestas afuera, nos quedamos en el pasado, delegamos nuestro poder.
Y sin embargo, todas las respuestas están dentro.
Cuando logras escuchar tu voz interior, algo cambia. No desaparecen los problemas, pero aparece una guía.
A eso le llamo magia.
No es algo lejano ni exclusivo. Es lo que sucede cuando confías en tu propia voz.
Y ahí está el verdadero desafío: soltar el control.
Ese es el punto que más me cuesta. Lo intento, pero el miedo aparece. Una parte de mí —herida, insegura— se resiste.
A veces me pregunto: ¿por qué le tenemos miedo a nuestra propia luz?
No tengo una respuesta clara. Solo sé que muchas veces llego al mismo lugar… y retrocedo.
He pensado en buscar ayuda, un mentor o terapeuta. Pero algo en mí insiste en hacerlo sola. Y en ese intento, a veces confundo la voz del alma con la del ego.
Por eso empecé a escribir.
Siento que esa voz interna necesita expresarse, tomar forma.
Y, sin embargo, hay un paso que aún no me animo a dar: compartirlo.
Publicar este texto me da miedo.
He escuchado una frase que resuena en mí: “no te mueras con tu música adentro”.
¿Por qué nos cuesta tanto mostrarnos?
Tal vez sea miedo al fracaso. Tal vez heridas no sanadas. Tal vez simplemente miedo a ser vistos.
Pero llega un punto en el que ya no hay más caminos: o avanzas, o te quedas girando en el mismo lugar.
Si vine a experimentar, a jugar, a vivir… entonces no hay fracaso posible.
Solo experiencia.
Por eso, no te guardes tu música. Compártela con el mundo.
El mundo no necesita perfección, necesita verdad.
Y cada persona tiene la suya.

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *