desconexion

Reconectar con nuestro Fuego Interno

Reconectar con nuestro Fuego Interno

Hay personas que nacen con fuego.
Se nota en cómo sienten, en cómo desean, en la intensidad con la que imaginan su vida. Son personas que necesitan propósito, movimiento, dirección. Necesitan sentir que están vivas.
Pero a veces la infancia apaga ese fuego.
No porque desaparezca, sino porque se vuelve peligroso sentirlo.
Cuando crecés con una madre o un padre dominante, invasiva o emocionalmente controladora, muchas veces aprendés que tu impulso natural molesta. Que ser demasiado intenso es un problema. Que querer algo con fuerza incomoda. Que tener voz propia amenaza el equilibrio de la casa.
Entonces el fuego empieza a esconderse.
Y uno se adapta.
Se vuelve más pequeño.
Más silencioso.
Más correcto.
Más funcional.
Pero por dentro queda una sensación difícil de explicar: la sensación de desconexión. Como si hubiera una parte adentro tuyo, esperando despertar otra vez.
Yo siento eso muy profundamente.
Siento que tengo mucho fuego adentro. Mucha energía vital. Muchas ganas de crear, construir, moverme, encontrar un propósito que me atraviese de verdad. Y cuando pierdo conexión con eso, mi energía se apaga.
Literalmente se apaga mi vida.
No creo que todo el mundo viva así. Hay personas que pueden existir desde la estabilidad, desde la rutina o desde la calma. Yo no. Yo necesito sentir dirección. Necesito sentir pasión por algo. Necesito levantarme a la mañana y sentir una chispa interna que me empuje hacia adelante.
Y recuperar esa chispa me está costando.
Porque volver al fuego después de haberlo reprimido da miedo.
El fuego implica deseo.
Implica autonomía.
Implica identidad.
Implica aceptar quién sos cuando dejás de adaptarte a lo que otros necesitaban de vos.
Todos los días intento volver un poco a mí.
A veces con cosas pequeñas.
Una idea.
Una decisión.
Una conversación honesta.
Un momento de valentía.
Un límite.
Un proyecto.
Un sueño que me niego a abandonar.
Un granito de arena.
Porque reconectar con el fuego no es convertirse en otra persona. Es dejar de abandonar la persona que siempre estuvo ahí.
Y quizás sanar no sea encontrar algo nuevo, sino volver a encender lo que un día tuvimos que apagar para sobrevivir.
Últimamente estoy viviendo experiencias que me están haciendo reconectar con mi fuego.
Y me di cuenta de algo: el fuego no vuelve desde la mente. Vuelve desde el cuerpo.
Lo noto cuando dejo de pensar tanto y permito que mi cuerpo vaya hacia donde quiere ir. Como si hubiera una inteligencia interna más profunda que mi cabeza, algo que sabe antes que yo qué necesito, qué deseo, qué me hace sentir viva.
Durante mucho tiempo intenté entenderme mentalmente.
Analizarme.
Explicarme.
Controlarme.
Pero el fuego no se analiza.
El fuego se siente.
En estas últimas semanas empecé a probar algo distinto: apagar un poco la mente y escuchar más el impulso del cuerpo. Seguir pequeñas ganas. Moverme cuando siento moverme. Bailar. Caminar sin rumbo. Cambiar de dirección. Hacer cosas sin tener que justificarlas racionalmente todo el tiempo.
Y ahí apareció la chispa.
Es una sensación difícil de explicar, porque no viene desde el pensamiento. Viene desde la vitalidad. Desde sentir energía circulando otra vez. Como si una parte dormida de mí empezara lentamente a despertar.
Se siente como un juego.
Un juego donde dejo de controlar cada movimiento y permito que algo más espontáneo tome el mando. Donde mi cuerpo deja de ser una estructura rígida que obedece y vuelve a convertirse en un territorio vivo.
Y quizás ahí estaba la desconexión.
Quizás perdí mi fuego cuando aprendí a controlar demasiado mis impulsos. Cuando empecé a desconfiar de lo que sentía naturalmente e instintivamente. Cuando me alejé del cuerpo para sobrevivir emocionalmente.
Ahora siento que volver a mí tiene mucho menos que ver con “encontrarme” y mucho más con permitirme.
Permitirme moverme.
Permitirme desear.
Permitirme ocupar espacio.
Permitirme sentir intensidad sin apagarla automáticamente.
Porque el fuego no aparece cuando intentamos ser correctos.
Aparece cuando dejamos de frenarnos tanto.
Qué difícil es mantener viva nuestra chispa mientras intentamos adaptarnos al mundo.
A veces siento que muchas instituciones están construidas para apagar el fuego interno. La escuela. Algunos trabajos. Algunas dinámicas familiares. Incluso ciertas formas de vincularnos. Todo parece empujarnos lentamente hacia lo predecible, lo correcto, lo funcional.
Y sí, entiendo que toda sociedad necesita estructura. No se puede vivir solamente desde el impulso. Pero hay momentos donde esa estructura deja de sostener la vida y empieza a domesticarla.
Ahí es cuando la creatividad se apaga.
Porque la creatividad necesita espacio.
Necesita juego.
Necesita riesgo.
Necesita movimiento.
Necesita la posibilidad de equivocarse sin sentir que uno pierde valor por eso.
Y muchas veces crecimos aprendiendo exactamente lo contrario.
Aprendimos a controlar el cuerpo.
A reprimir emociones.
A no molestar.
A producir.
A cumplir.
A encajar.
Con el tiempo, uno ya no sabe si está viviendo desde el deseo o desde la adaptación.
Por eso siento tan fuerte esa tensión astrológica entre Saturno, Júpiter y Urano.
Saturno es la estructura, la norma, el deber, los límites del mundo real. Es lo que organiza, contiene y da forma. Pero llevado al extremo, Saturno puede volverse miedo, rigidez y apagamiento.
Júpiter quiere expandirse. Quiere sentido, experiencia, crecimiento, aventura. Necesita sentir que la vida tiene algo más allá de sobrevivir.
Y Urano directamente quiere romper la jaula. Quiere autenticidad. Libertad. Movimiento verdadero. Es esa parte nuestra que no soporta vivir desconectada de sí misma.
Creo que muchas personas viven toda su vida dominadas por Saturno. Funcionan. Cumplen. Sobreviven. Pero por dentro hay algo dormido.
Y quizás el verdadero desafío no sea destruir la estructura, sino evitar que la estructura destruya el alma.
Encontrar una forma de vivir en el mundo sin traicionarnos completamente.
Poder sostener responsabilidades sin apagar el fuego.
Poder habitar la realidad sin perder la imaginación.
Poder adaptarnos sin desconectarnos de lo que nos hace sentir vivos.
Porque cuando el fuego interno se apaga del todo, la vida sigue… pero algo esencial deja de estar presente.
Siempre me generaron incógnita esas personas que parecen poder adaptarse toda una vida a lo que se espera de ellas. Personas que siguen estructuras, normas, caminos ya definidos, sin cuestionarlos demasiado. A veces las observaba y pensaba: quizás vivir así es más fácil. Más estable. Más seguro.
Durante mucho tiempo creí que yo también era así.
Pensé que era una persona que no se cuestionaba demasiado las cosas. Que simplemente seguía lo que había aprendido, lo que se suponía correcto, lo que esperaba el entorno. Pero hoy, mirando hacia atrás, me doy cuenta de que no era verdad.
En realidad, tuve el valor de cuestionar muchas cosas.
Y no hablo solamente de decisiones externas. Hablo de cuestionamientos internos, profundos, incómodos. Cuestionar ideas que venían conmigo desde la infancia. Cuestionar creencias que parecían intocables.
Recuerdo empezar a preguntarme cosas sobre la catequesis, sobre Jesús, sobre los mandamientos, sobre el miedo, sobre la culpa. Preguntas que de niña ni siquiera sabía cómo formular del todo, pero que ya estaban ahí, empujando desde adentro.
Y creo que ahí empezó algo.
Porque cuestionar no siempre nace desde la rebeldía superficial. A veces nace desde una necesidad profunda de verdad. Desde sentir que algo dentro tuyo no puede seguir viviendo únicamente de ideas heredadas.
Con el tiempo entendí que romper límites mentales también es una forma de recuperar el fuego.
Cada vez que uno se anima a pensar por sí mismo, algo se enciende.
Cada vez que uno deja de obedecer automáticamente una idea impuesta, aparece más espacio interno.
Cada vez que uno se atreve a mirar más allá de lo aprendido, la identidad se expande un poco más.
Y sí, da miedo.
Porque cuestionar ciertas estructuras puede hacerte sentir solo/a. Puede hacerte perder referencias. Puede obligarte a construir una mirada propia cuando sería más fácil seguir usando la de otros.
Pero también hay algo profundamente vivo en eso.
Algo en mí necesitaba romper ciertos límites para poder respirar de verdad.
Hoy siento que estoy más cerca de aplicar mi verdad. Más cerca de vivir desde mi ser y no solamente desde la adaptación.
Hace unos seis años empecé a hacerme una pregunta que cambió muchas cosas dentro mío: ¿estoy viviendo desde mi chispa interna o simplemente desde lo que se espera de mí?
Y aunque la pregunta parece simple, abrió una grieta enorme.
Porque una vez que empezás a cuestionarte eso, ya no podés volver a dormirte del todo. Empezás a notar cuántas decisiones tomaste para pertenecer. Cuántas veces callaste impulsos genuinos. Cuántas partes tuyas fueron moldeadas para encajar, para ser aceptadas y sobrevivir emocionalmente.
Creo que todavía me falta mucho para acercarme completamente a lo que anhelo: vivir plenamente desde mi fuego interno. Hay partes de mí que todavía tienen miedo. Partes que siguen buscando aprobación, seguridad o permiso para existir con libertad.
Pero aun así, hoy me siento orgullosa de mí misma.
Porque entiendo que mi vida se trata de esto.
De volver a mí.
De recuperar esa conexión con algo esencial que estuvo ahí desde el principio, incluso cuando quedó tapado por el miedo, por las expectativas o por las heridas de la infancia.
Y quizás eso nos pasa a mucho/as.
Quizás gran parte de la vida humana consista en recordar quiénes éramos antes de aprender a reprimirnos. Antes de desconectarnos del cuerpo, del deseo, de la imaginación, de la sensibilidad, de nuestra energía vital.
Tal vez el verdadero viaje no sea convertirnos en alguien nuevo, sino recuperar el fuego divino que perdimos mientras intentábamos adaptarnos al mundo.
Ese fuego que de niños aparecía naturalmente.
En el juego.
En la curiosidad.
En el impulso.
En la autenticidad.
En la capacidad de sentirlo todo con intensidad.
A veces pienso que sanar es eso: volver a darle espacio a esa energía sagrada que nunca murió, solo quedó esperando que estuviéramos listos para escucharla otra vez.
Y aunque todavía esté en camino, hoy sé algo con certeza: ya no quiero vivir desde lo que se espera de mí.

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *