¿Qué pasa cuando para ser amados aprendemos a dejar de ser nosotros mismos?
Nadie habla de lo que significa vivir toda una vida sin conocerte.
No porque no tengas identidad, sino porque desde muy temprano aprendiste a construirla a partir de lo que los demás esperaban de vos.
Aprendiste qué hacer para ser amado. Qué decir para no molestar. Qué parte de vos mostrar y cuál esconder.
Y quizás, sin darte cuenta, empezaste a hacer algo que muchos hacemos para sobrevivir: apagar nuestro fuego interno. Esa llamita encendida que está en nuestro interior y nos da vida, VIDA en mayúsculas. Esa energía, que también conocemos como energía sexual, es la que crea; es la inspiración que da forma a nuestra esencia y se expresa a través de nosotros. No me refiero solamente a la sexualidad, sino a esa fuerza vital y creadora que nos impulsa a experimentar, crear, desear, vincularnos y dar forma a aquello que vive dentro de nosotros.
Tu energía es única, no hay nadie igual a vos. Tu energía es única. No hay nadie igual a vos. Y quizás una de las grandes tareas de esta vida sea descubrir qué quiere expresar esa energía a través tuyo. No te permitas apagarte. Busca encender tu llama, tu motivación. El fin de este Blog, es darte algunos consejos para que vuelvas a conectar con tu energía.
Como primer paso te diré que es no forzarla a que aparezca, ese es prácticamente el secreto. Porque para conectar con tu esencia, es justamente lo opuesto. Disfrutar el presente, entregarse a la vida y permitir que ocurra la magia.
Deseo que puedas conocerte, sentir tu esencia y que si en ese proceso, descubres que tu realidad es muy diferente a tu energía. Tengas el suficiente coraje (fuerza del corazón) para quemar tu barco y obligarte a saltar. No como un acto de destrucción, sino como una declaración de compromiso con vos mismo. Porque cuando ya no existe la posibilidad de regresar a la vida que te apagaba, solo queda avanzar hacia la que te está esperando, una vida afín a tu esencia, con quién realmente eres.
Deseo que puedas escuchar tu voz interior y te dejes guiar por ella
Pero para entender por qué dejamos de escuchar esa voz, quizás tengamos que volver al principio.
Donde todo comenzó…
Desde muy pequeños aprendimos algo que todo ser humano necesita: ser amados.
De niños buscábamos el amor de nuestros padres y, muchas veces, crecíamos creyendo que su buen o mal humor dependía de nosotros. Que habíamos hecho algo bien cuando recibíamos una sonrisa, y que habíamos hecho algo mal cuando encontrábamos distancia, enojo o indiferencia.
Hoy puedo pararme en la adulta que soy y discernir algo que mi niña no podía comprender: yo no tenía absolutamente nada que ver con el bienestar o el malestar de mis padres. Sus emociones, sus problemas y sus reacciones les pertenecían a ellos.
Si pudiera sentarme hoy frente a esa niña, esa sería una de las primeras cosas que le diría:
No tenés la culpa de lo que ellos están viviendo. No sos responsable de sus emociones. No tenés que hacer nada para merecer su amor.
Ella solía creer que había hecho algo malo cuando su papá no sonreía después de mostrarle el dibujo que había creado.
También pensaba que era una molestia cuando su mamá llegaba a casa después del trabajo y, en lugar de abrazarla, la ignoraba o apenas le decía “hola” desde lejos.
Y así, entre pequeñas escenas cotidianas y repetidas, comenzó a construir una conclusión que ningún niño debería tener que construir:
“El problema soy yo.”
Nadie le explicó que los adultos también tienen sus propios dolores, preocupaciones, cansancio y conflictos. Que muchas veces sus reacciones no tienen nada que ver con el niño que tienen delante.
Nadie le explicó que un niño no tiene la responsabilidad de sostener emocionalmente a sus padres.
Y, sobre todo, nadie le explicó que su valor no cambia dependiendo de cuánto amor, atención o reconocimiento reciba de los demás.
Pero bueno… lamentablemente crecí con la idea de ser pequeña. De ocupar poco espacio. De ser, prácticamente, invisible.
Llegué incluso a desear desaparecer del mapa de mis propios padres.
Muchas veces observaba a otros padres y la manera en que se relacionaban con sus hijos. Miraba sus abrazos, sus palabras, su cercanía. Y al mismo tiempo me sentía culpable por desear algo diferente, como si no estuviera siendo suficientemente agradecida por lo que me había tocado vivir.
Incluso llegué a mirarlo desde una perspectiva más espiritual: si yo había elegido venir a este plano y vivir determinadas experiencias, ¿cómo podía quejarme de aquello que, en algún nivel, había elegido?
Pero con los años comprendí algo que cambió mi manera de mirar mi propia historia:
Comprender una experiencia no significa negar el dolor que nos produjo.
Y quizás ahí comenzó todo.
No cuando dejé de sentir dolor.
Sino cuando finalmente me permití mirar a esa niña y decirle: no eras el problema.
Hoy, desde mi manera de comprender la vida, creo que nosotros pactamos, antes de nuestra concepción, el juego que vamos a vivir, las reglas de ese juego y los aprendizajes que obtendremos de él.
Quizás lo que hacemos durante nuestra vida sea, en gran medida, recordar aquello que alguna vez acordamos. Recordar el acuerdo.
Por eso creo que la aceptación es un paso fundamental en la vida.
Aceptar que lo que ocurrió ya ocurrió. Que no podemos volver atrás para tomar otra decisión, elegir otro camino o cambiar aquello que fue o que no fue. Porque, aunque hubiéramos podido elegir diferente, no lo hicimos. Elegimos —o la vida nos llevó— exactamente hasta este punto.
Y quizás sea justamente este camino, con todo lo que tuvo de doloroso, confuso o inesperado, el que nos conduce hacia la sabiduría.
Qué hermosa palabra: sabiduría.
Siento que vivir sabiamente no significa tener todas las respuestas, ni saber de antemano hacia dónde ir. Significa aprender a escuchar algo más profundo que nuestra mente.
Para mí, vivir sabiamente es estar conectada con nuestro fuego interno y permitir que sea él quien oriente nuestro cuerpo y nuestra mente.
Porque quizás la sabiduría no consista en saber qué camino tomar.
Quizás consista en reconocer el fuego que llevamos dentro y tener el coraje de caminar hacia donde ese fuego nos indica.
Y quizás eso sea realmente conocerse.
No descubrir una versión nueva de nosotros, sino reconocer aquello que siempre estuvo ahí.
Reconocer qué nos enciende. Qué nos da vida. Qué nos expande y qué nos apaga.
Porque cuando finalmente empezás a conocerte, llega un momento en que ya no podés seguir viviendo en contra de aquello que descubriste.
Y entonces aparece el coraje.
El coraje de elegir.
El coraje de dejar atrás.
El coraje de quemar el barco. Saltar.
Y construir una vida afín a tu esencia.